El Novelón

Celebró los 50 años cuando tenía 47, le pidió perdón a una hija y al poco murió ahogado en el Reventazón

El mal tiempo en Turrialba mantuvo en vela a una familia durante 11 días, cuando encontraron el cuerpo lo reconocieron por el pantalón, una faja y la dentadura

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Hay personas que parecen presentir que su final se acerca y esta historia tiene que ver en parte con eso.

Pero además tiene mucho que ver con la unión de una familia frente a las dificultades, la forma de enfrentar el dolor, el camino hacia el perdón y el amor hacia un pariente.

Gerardo Enrique Sanabria García tenía 47 años en 1997 y, por razones que nadie se explica, decidió hacer una fiesta como si cumpliera 50, una edad a la que anhelaba llegar. Además, duranta una conversación teléfonica con Jenny, su hija mayor, tuvo para ella palabras muy hermosas que fueron como una reconciliación y fueron dichas pocos días antes de que una fatalidad golpeara a la familia y la tuviera en zozobra durante once días.

La muerte de Gerardo, un hombre sano y joven, fue inesperada y antes de encontrar su cuerpo para darle sepultura y despedirse de él, su familia pasó por una experiencia dolorosa y acongojante.

Al señor lo arrastró el río Reventazón a su paso por Turrialba y nada que lograban hallar el cadáver por más que los socorristas se esforzaban en los trabajos de búsqueda.

Accidente en medio río

Gerardo era trabajador del ICE y junto a su compañero Carlos Santamaría Chaves, de 35 años, se encargaba de la medición del río en el proyecto La Angostura; con un molinete (aparato que mide la velocidad del agua), los dos estaban en un andarivel (cajón sostenido por un cable de acero para cruzar por encima de la corriente de agua) cumpliendo con su labor.

Estábamos entonces en agosto, uno de los meses más bravos de la época lluviosa.

En el recorrido desde una orilla hasta la otra del Reventazón, el andarivel se quedó pegado en una piedra y para liberarlo los compañeros decidieron devolverse; pero cuando comenzaron a moverse hacia el centro del cauce, el cajón en el que estaban agarró velocidad y Gerardo cayó al agua.

Su compañero Carlos informó por teléfono lo que había ocurrido y luego, como era muy buen nadador, se lanzó para intentar salvar a su amigo, pero el agua aumentó de nivel y bajaba con mucha fuerza. La decisión, aunque heroica, también le costó la vida a Santamaría.

Esta fatalidad doble sucedió el 4 de agosto de 1997 a las 10:30 a.m.

El cuerpo de Carlos fue hallado la noche de aquel día a la altura de Santa Teresita, en Peralta de Turrialba, 32 kilómetros río abajo del sitio donde se lanzó a tratar de salvar a su compañero. Sin embargo, no pasó lo mismo con Gerardo.

El agua del río estaba altísima y las autoridades lo buscaron durante días, que fueron de mucha angustia para los parientes del trabajador. El operativo se extendió desde la comunidad de La Angostura, en Turrialba, hasta San Antonio de Pascua, en Siquirres.

Sin embargo, los esfuerzos no daban resultado.

Palabras de perdón

Jenny Sanabria, la hija mayor de Gerardo, estuvo presente durante los rastreos junto a su mamá, María Elizabeth Gómez, y otros familiares.

Pese al dolor de la pérdida, Jenny sentía paz porque dos días antes de que su papá cayera al agua había tenido con él una conversación de amor y perdón.

Este año se cumplen 25 años de la muerte de Gerardo, pero para la hija es como si hubiera ocurrido ayer. Los recuerdos siguen frescos.

Diez años antes del accidente en el que perdió la vida, Gerardo se había ido de la casa en la que vivía con sus hijas Jenny, quien tenía entonces 17 años y Hellen, de 9 años.

Ellas quedaron en Cartago con la mamá, María Elizabeth, y durante aquel tiempo las jóvenes enfrentaron pruebas y decepciones que, eso sí, nunca dañaron el amor hacia su papá.

Las palabras de Jenny están hoy llenas de cariño a pesar del tiempo transcurrido.

“Él es el amor de mi vida y lo seguirá siendo, fui hija única por ocho años, luego nació mi hermana”, dice.

“Fue un papá excepcional, responsable, por situaciones adversas se hizo de otra familia y cuando mi hermanita tenía nueve años él se fue de la casa, pero siempre nos ayudó con una pensión y lo veíamos cada ocho días donde sus hermanas”, recuerda.

Al dejar la que era su casa, Gerardo se pasó a vivir a Turrialba.

“Venía a Cartago a vernos, nunca fui a la casa de la otra señora por respeto a mi mamá y un sábado antes de morir (el 2 de agosto de 1997) hablamos por teléfono y le pregunté si el sábado siguiente iba a estar libre, lo quería ir a ver y acordamos vernos en el parque de Turrialba”.

Jenny estaba entonces embarazada, sabía que tendría un niño y quería contarle a Gerardo que sería abuelo por segunda vez (su hermana ya tenía una hija).

“Hablamos por teléfono una hora, me pidió perdón y me bendijo, me decía que era su princesa; le dije que lo perdonaba, que era el amor de mi vida y que un papá como él no existirá porque fueron lazos muy fuertes. Nos dijimos cosas que nunca nos habíamos dicho en veintiséis años”, narra Jenny, quien tiene ahora 52 años.

Faltó tiempo

La hija y el padre quedaron entonces en verse, pero el tiempo no alcanzó, el accidente fatal se atravesó en el camino de la familia.

“Cuando tuve a mi hijo sentía que moría, pero era porque mi papá ya no estaba y él no tuvo hijos varones”, cuenta Jenny.

Durante los días en los cuales buscaban el cuerpo de Gerardo, la familia nunca perdió las esperanzas de hallarlo a pesar de que pasaba el tiempo y los cuerpos de socorro, entre los que había buzos especializados, no tenían éxito.

La Cruz Roja suspendió los rastreos el jueves 15 de agosto de 1997, pero los funcionarios del ICE los continuaron.

Un pensamiento común en la familia del trabajador era que querían hallar el cuerpo para darle santa sepultura y saber dónde descansaba, no la zozobra de no conocer dónde habría quedado. Deseaban un sitio al cual pudieran llevarle flores y honrar su memoria.

Y hasta que al fin la búsqueda dio resultados.

El sábado 17 de agosto hallaron el cadáver cerca de la finca Yamas, en Javillos de Pavones, Turrialba. Lo identificaron por la faja, el pantalón café del uniforme y la dentadura.

“Apareció cuando el agua comenzó a bajar a unos quinientos metros de donde cayó, una piedra lo prensó”, recuerda Jenny.

Luego vino la despedida final.

“Lo sepultamos en el cementerio de San Rafael de Oreamuno de Cartago y para los días del Padre, o cuando me siento mal, lo paso a visitar, aunque sé que no está ahí, sino en mi corazón”, añade la hija.

Esposa lo perdonó

Pese a que Gerardo y María Elizabeth se separaron, nunca se divorciaron, ella estuvo siempre muy pendiente de la búsqueda del cuerpo después del accidente y jamás le guardó rencor.

María Elizabeth fue oficial de la Fuerza Pública, por eso llegaba a los rastreos.

“Estuve pendiente de su paradero por humanidad, ahí no entra despecho, ni odio; estaba ahí sobre todo por el dolor de mis hijas y también lo sentí como humana que soy. Tuvimos once días de zozobra, fue terrible, es una experiencia muy dolorosa”, dice.

“Él fue un hombre bueno, muy trabajador, honrado; lo querían mucho, desgraciadamente se enamoró de otra persona y se fue de la casa”, añade la señora.

“De hecho no lo volví a ver nunca más”, recordó. Cuando hallaron el cadáver en el agua estaba en tan mal estado que ella prefirió no verlo.

Celebración adelantada

Gerardo cumplía años el 12 de noviembre y Jenny comenta que siempre anheló llegar a los 50 y que los celebró por adelantado tres años antes de cumplirlos, es decir, en aquel 1997 que tanto dolor llevó a la familia.

“El 1 de enero de 1997 se celebró los cincuenta años, invitó a toda su familia, a sus diez hermanos; tuvo un pachangón y decía que los celebraba porque él no llegaba y vea, murió en agosto, con 47 años”, recuerda la hija.

Este domingo 19 de junio, Día del Padre, es una fecha en la cual Jenny desearía que Gerardo estuviera vivo; pero la realidad es otra y su forma de honrarlo es recordando solo las cosas buenas.

“Me siento muy feliz de haber sido su hija y si volviera a nacer quisiera que él fuera nuestro papá”, concluyó.

Gerardo tenía 14 años de trabajar en el ICE y Carlos Luis Santamaría, de San Ramón de Alajuela, llevaba 17 años en la institución. Este último, a quien le decían “Pipa”, era dirigente de equipos de fútbol, gran nadador y dejó un hijo.

Hoy, en La Angostura de Turrialba, a un lado del Reventazón, una placa con los nombres de ambos recuerda que fallecieron en el cumplimiento del deber.

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