El Novelón

Primer secuestro que atendió el OIJ: niña identificó a captor por cicatriz y los ojos

Sospechosos liberaron a la chiquita sin dejarse un cinco al verse acorralados por la Policía y la prensa, tras seis días de secuestro

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Recordar que uno de sus captores tenía una cicatriz en la cara y los ojos claros fue clave para llegar hasta quienes le quitaron la libertad durante seis días a Yorleny Omira Castro Sequeira, entonces de 9 años.

Este fue el primer caso de secuestro extorsivo (pedían plata por la niña) que investigó el OIJ. Ocurrió en 1975.

La cicatriz y el color de los ojos llevó a las autoridades hasta Félix María Araya Arias, más conocido como “Gato Félix”, un delincuente reconocido que aún les dando trabajo a las autoridades ticas por participar en robos.

En la actualidad, Araya tiene 81 años y está en la cárcel de adultos mayores, en San Rafael de Alajuela, a la espera de un juicio por el robo de tres piezas bañadas en oro, valoradas en ¢31 millones, de la iglesia católica de San Joaquín de Flores, en Heredia.

El secuestro de la menor de edad fue el viernes 27 de junio de 1975, a las 6:55 de la mañana, en el barrio Aranjuez, en San José; Araya tenía 35 años y era considerado entre los delincuentes del país como un ladrón “respetado en ese mundo”.

Así lo recuerda Gerardo Láscarez, un investigador del OIJ ya pensionado y quien se hizo cargo de investigar el caso de Yorleny junto a su compañero José Luis López.

“Él ha sido delincuente desde joven y toda su vida, pero no era peligroso, se convirtió en de cuidado luego de realizar este secuestro. Incluso ya viejo participó en un homicidio, pero en sus inicios era un delincuente ‘querido’ entre su gremio porque repartía ganancias, tuvo una cantina y otros negocios, sin embargo, en las noches salía a robar”, recordó el investigador.

Araya era experto abriendo cajas fuertes, luego pasó al secuestro.

La engañaron

El “Gato Félix”, Luis Roberto Sandí Rapso (alias Macho Rapso) y el colombiano Luis Eduardo Atertúa alquilaron un carro Rambler Rebel y se estacionaron cerca de la escuela México, donde Yorleny estudiaba el tercer grado.

Llegaron desde las 6:40 de la mañana y esperaron a que ella pasara, pues vivía a escasos 200 metros. Los escolares iban felices porque aquel día era la fiesta del fin de mitad de año y se acercaban las vacaciones.

Cuando la chiquita estuvo cerca, los tres hombres llamaron su atención, le enseñaron una carpeta roja y le dijeron que la Cruz Roja le tenía un premio; como la niña pertenecía a la Cruz Roja en la escuela les creyó y se montó al carro en el que ellos viajaban.

Una vecina que conocía a Yorleny vio lo que había pasado y aquello no le pareció para nada normal; primero le informó a la gente de la Escuela México y luego a las autoridades.

Yorleny supo que algo inusual ocurría cuando pasaron por la Cruz Roja y en vez de parar siguieron; entonces le taparon los ojos para que no supiera hacia dónde la llevaban. Cuando se dio cuenta estaba dentro de una casa en la cual hacía mucho calor durante el día y en las noches un frío intenso. Afuera oía voces de niños y aviones que pasaban.

Se trataba de vivienda vieja localizada detrás del estadio Eladio Rosabal Cordero en Heredia. Claro, en aquel momento nadie, salvo los delincuentes, conocían el paradero de la escolar.

Los secuestradores llamaron al director de la escuela México, Elmer Villalobos, una hora después de haberse llevado a la niña y le pidieron que mediara en el pago del rescate; seguidamente llamaron a la familia de la niña y les pidieron ¢6 millones para dejarla libre, pero no resultó tan sencillo como Araya, Rapso y Atertúa pensaban.

Ellos exigían la plata, pero nada que la recibían pese a las múltiples llamadas telefónicas que realizaban.

Las autoridades de la Dirección de Investigaciones Criminales (DIC) trataba de localizar a los secuestradores y a la niña, pero aún no lo lograba. La DIC pertenecía en aquel momento a la Fuerza Pública y el OIJ tenía apenas un año de creación.

El sábado 28 de junio, a las 8:25 p.m., los secuestradores hicieron otra jugada. Contactaron al reconocido periodista Rolando Angulo (fallecido en 2015) para que también hiciera de intermediario; le dijeron que fuera a una caseta de teléfono y allí el comunicador encontró una carta escrita por Yorleny en la cual le pedía a su papá, Carlos Castro, que apartara a la Policía de la casa y que fueran solo él y los secuestradores los que negociaran su libertad.

Los tres hombres siguieron llamando a la casa de los papás de la niña, siempre desde teléfonos públicos. El domingo 19 de junio dejaron una carta en la iglesia de Desamparados, San José; había sido escrita por Yorleny, quien pedía conseguir la plata del rescate lo más pronto posible. Los secuestradores llamaron de nuevo a la familia de la chiquita para informarle de esa nota.

El martes 1 de julio de 1975, quinto día del secuestro, las autoridades recibieron información importante: el carro usado para llevarse a la niña estaba parqueado en la sede del Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS) cercana al aeropuerto Juan Santamaría.

En el momento se pensó que los secuestradores habrían salido del país.

Sin embargo, seguían en el país y la menor estaba con ellos. Un enmascarado la vigilaba todo el tiempo e incluso, según se supo luego, jugaba cartas y juegos de mesa con la menor de edad. De comer le daban galletas y jugos de frutas enlatados.

Fue en uno de aquellos días que la niña pudo ver los ojos claros de uno de sus secuestradores y la llamativa cicatriz bajo un ojo.

Cuando Yorleny se ponía inquieta, los hombres trataban de consolarla diciéndole que pronto la iban a llevar a la casa. Para los captores era difícil mantener la situación como estaba y llegaron a bajar el monto que pedían a ¢3 millones, pero ni así recibían la plata pese a que algunos bancos le ofrecían préstamos a la familia.

Los costarricenses seguían de cerca, a través de las noticias, aquel secuestro en un país muy tranquilo. Hubo personas que, movidas por la preocupación, se involucraron en el caso. Esto ocurrió con el taxista Édgar Fonseca Castro, quien por medio de un mensaje en Radioperiódicos Reloj les dijo a los captores que él podía ir a recoger a la niña en su carro a donde ellos dijeran y sin hacer preguntas. El mensaje tuvo fue respondido.

El ICE, por su parte, intervino las llamadas y la Policía pudo saber dónde se localizaban los teléfonos públicos desde los cuales llamaban los secuestradores de Yorleny. Gerardo Láscarez recuerda que aquella fue la primera vez que se recurrió a la intervención telefónica en una investigación y los delincuentes casi son detenidos.

El miércoles 2 de julio por la noche ocurrió lo impensable. Quizás ya hartos de ver que los días pasaban, que no les daban el dinero y de sentir la presión de las autoridades y de los medios de comunicación, los tres sujetos liberaron a la menor de edad en un cafetal en Barreal de Heredia.

La pequeña, sola en un lugar desconocido, vio pasar varios carros pasar. En uno viajaba una pareja que se quedó viéndola, extrañada, y cuando Yorleny corrió hacia el auto, como pidiendo ayuda, la pareja se alejó. Poco después llegó una patrulla y los oficiales auxiliaron a la chiquita.

El jueves 3 de julio, la niña y sus papás llegaron a los balcones de donde estaba entonces radio Monumental, en San José centro, donde Yorleny le agradeció al país por estar pendiente de ella.

Cayeron uno a uno

Los secuestrados quizás pensaron que se iban a salir con la suya, pero no fue así.

El primero en ser detenido fue el colombiano Atertúa, a quien le allanaron un bar en Goicoechea. El extranjero cantó e involucró en el secuestro a personas inocentes, pero nunca mencionó al Gato Félix ni al Macho Rapso por, al parecer, les tenía miedo.

“Ellos (los dos ticos) eran ladrones que decidieron hacer el secuestro guiados por el colombiano que, se suponía, era experto en estos casos, pero resultó ser más inexperto. No pudieron dominar la situación porque no tenían la experiencia. Creyeron que sería muy fácil tomarla y que rápido les iban a pagar, lo vieron como el robo de una persona”, dijo Láscarez.

Las personas a las que Atertúa quiso embarrar quedaron libres pues se comprobó que no habían participado.

El OIJ siguió las investigaciones y los agentes se toparon con informantes que estaban en desacuerdo con el secuestro porque tenían hijos pequeños.

“En esa época podíamos interrogar a los sospechosos, nos encontramos con un delincuente que era informante nuestro; le llamaban Loco y fue quien nos contó del caso y quiénes eran los sospechosos”, dijo Láscarez.

Fue entonces que los agentes oyeron nombrar al Gato Félix y a Macho Rapso.

Gato Félix estaba detenido por un robo, mientras que Macho Rapso andaba libre.

“Hubo un reconocimiento, que no son como los de ahora, en los que hay un vidrio de por medio, y Yorleny reconoció a Gato Félix por los ojos y la cicatriz, fue tajante con esas características, pero además teníamos mucha prueba”, explica el investigador.

Macho Rapso logró escabullirse un tiempo, pero siempre lo alcanzó la justicia. Lo agarraron en una barbería del barrio Córdoba, en San José.

Los tres hombres fueron llevados después a juicio y condenados a ocho años de cárcel por el secuestro.

Gato Félix es considerado un sociópata (alguien que no siente empatía por los demás y no le importan los derechos o sentimientos de otros), por eso sigue involucrado en problemas legales.

“La rehabilitación penitenciaria a él no le sirvió de nada”, afirma Láscarez.

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